Informe especial
Burbuja patria
Cada cuatro años el país entero se hermana detrás del seleccionado, pero el espíritu patriótico no se extiende a otras áreas. Las razones de ese fenómeno. Escriben y opinan Adrián Paenza, Darío Sztajnszraiber, Felipe Pigna y Sergio Levinsky.
Viernes, 13 de junio de 2014
              


Cada cuatro años, de la nada, somos mejores argentinos, nos olvidamos de la diferencias; el Señor nos pide que juguemos en su equipo; lo más importante es dejar todo en la cancha, juntos no nos para nadie; Argentina nos une a todos. Frases de diversas publicidades que resumen el ánimo general: empieza el Campeonato Mundial de Fútbol y todos sacamos a relucir “la celeste y blanca que llevamos en el corazón”. El equipo no es un seleccionado deportivo, es un país que sale a la cancha para conquistar el mundo. Y si lo hace, tendrá los héroes merecidos. Un ánimo que construye una burbuja patria y que durará exactamente el tiempo de la competencia. Luego volverán las diferencias insalvables. ¿Por qué? ¿Por qué ese sentimiento de patriotismo o nacionalismo no se extiende más allá del rodar de la pelota?

“Mientras en Estados Unidos la celebración del Día de la Independencia es una gran fiesta, particularmente en los hogares, aquí hay otra tradición: salvo los recuerdos escolares las fechas pasan inadvertidas”, reconoce el historiador Felipe Pigna. Y ensaya una explicación: “Por un lado, tenemos una sociedad de inmigrantes de arraigo nacional más difuso, y por otro, en los últimos 40 o 50 años, el uso de los símbolos patrios por parte de las dictaduras provocó rechazo en la población hacia esos mismos símbolos. Hasta el año 2001, cuando a raíz de la crisis política económica la situación se dio vuelta, volvió la bandera a las manos de la gente y se cantó el Himno como señal de resistencia. La sociedad debe quitarles los símbolos a quienes los unen con patria, familia y propiedad y recuperarlos; en general se asocia patria a una casta dominante por aquello de ‘familias patricias’ y porque se ve la herencia como tradición y propiedad cuando en realidad no tienen nada que ver con la conformación de la Patria”. El también escritor reconoce que el fútbol “unifica pasiones y las diferencias políticas quedan de lado”, pero considera que salvo en situaciones específicas –como la imposición del terror por parte de la última dictadura cívico militar, cuando se acuñó el “los argentinos somos derechos y humanos” como cobertura ante la visita de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos de la OEA– esa unión no se extiende más allá del deporte.

“Cuando la TV y el fútbol entraron en matrimonio, no hubo nada igual".
Las empresas y las agencias publicitarias lo saben, no es casual que ante cada Mundial arrecien los spots que apuntan a promocionar y consolidar el sentimiento nacional. La reivindicación de una “argentinidad”, siempre en un marco musical de glorioso in crescendo, es una estrategia marketinera que busca asociar marcas con momentos especiales, sea avanzar en el Mundial, ganar una medalla olímpica o recibir un Premio Nobel. Apelar a la pasión, la entrega y el sacrificio, individual o colectivo, siempre resulta en un vínculo entre gente y marca.

Claro que no sólo los publicistas se montan sobre el espíritu mundialista. El grupo Voxpop Acapellaband lanzó un nuevo videoclip en el que mezcla el Himno con canciones pop mientras la imagen muestra a los músicos con la camiseta nacional jugando contra Brasil y recreando sucesos como Bilardo y el agua “especial” para el contrario o el gol de Maradona y Caniggia a Brasil en el Mundial ’90.

“Ocurre que el fútbol ocupa un lugar poco estudiado y lamentablemente bastante bastardeado por las ciencias sociales, que lo siguen mirando de reojo como si fuera un ‘fenómeno grasa’ a pesar de que ya es algo masivo y global”, considera el periodista y sociólogo argentino Sergio Levinsky, quien supo dirigir la revista Orsai y ahora publica en los diarios El País y El Mundo, de España.

Levinsky admite que “cuando la TV y el fútbol entraron en matrimonio, no hubo nada igual. Cada vez se consume más, muchas mujeres buscan jugarlo, o mirarlo, para entender de qué se trata, para no perdérselo y porque la cultura del fútbol tiene demasiado espacio en su casa, con tantas horas en la TV, la radio, los medios gráficos. Por eso se convirtió en una liturgia que en cierta forma va reemplazando a la religión: los estadios como grandes templos, el jugador que levanta la Copa del Mundo se parece al sacerdote levantando el cáliz, los cánticos están ligados a la fe y la esperanza, etcétera. En muchos países de tradición futbolera, como Argentina, Brasil, los europeos, especialmente los latinos y los sajones más centrales como Alemania, ni hablar de los ingleses, el fútbol ocupa un lugar central en la cultura”.

La razón por la cual, según Levinsky –autor de El deporte de informar y El negocio del fútbol, entre otros–, el entusiasmo unificador no se extiende más allá del Mundial radica en que “la clase política no estuvo a la altura de las circunstancias, la gente desconfía de ella y también mira con desconfianza los símbolos nacionales porque se ve afectada en el día a día. El fútbol representa, con su penetración, un escape perfecto. Como todos los días pierde el partido de la vida, la gente quiere ganar en lo que más la representa, y qué mejor que el fútbol para ganar alguna vez. Por eso la camiseta argentina ocupa un lugar casi de bandera nacional, o tal vez, sin el casi”.

No es exclusivo de la Argentina: el espíritu de Obdulio Varela ronda por las esquinas uruguayas, transmitiendo su fanatismo. Obdulio el patriota es un corto de Juan Manual Solé que habla de un hombre exaltado por el fútbol y por la cultura. Para él, ser uruguayo es un don. En Brasil los blogueros como Marcelo Pereira abominan de la ola patriótica que representa “una hipnosis colectiva, un fanatismo irracional y desenfrenado” de quienes “nunca son patriotas en asuntos serios”. En tanto Elio Botogoske va más allá y asegura que “la camiseta de la selección brasileña es el mayor símbolo nacional de este país, lo único en el mundo capaz de hacer que un pernambucano y un paulista se vean ambos como brasileños”.

Para Adrián Paenza el fenómeno “tiene que ver con el hecho de que no hay otro acontecimiento equivalente en la vida de los argentinos. Si Del Potro jugara la final de Roland Garros pasaría lo mismo”. Paenza, que divide su tiempo entre Estados Unidos y la Argentina, comenta que en el país del norte no sucede ahora porque el fútbol no es popular, pero que “cuando se realizan los Juegos Olímpicos se vive lo mismo que en nuestro país con el fútbol. Sacar una conclusión de eso es aplicar una mirada parcial, tendenciosa. El fútbol tiene un grado de popularidad que no tienen otros deportes, pero no tengo duda de que si hubiera en tenis una competencia de un mes con 32 naciones, la gente haría lo mismo. No se trata de defender la identidad, no creo que dos personas con posiciones encontradas vayan a ponerse de acuerdo a partir del fútbol o el Mundial aunque Argentina juegue la final”.

Más o menos en el mismo sentido opina el filósofo Darío Sztajnszraiber: “La implicación en un espectáculo deportivo como el Mundial de fútbol es mínima frente al compromiso que debemos tomar quienes entendemos la idea de patria como una idea activa y de participación comunitaria. No deja de ser un evento televisivo, tiene las características de consumo de TV que implican pasividad, es un acontecimiento efímero. No se trata de patriotismo tradicional el que despierta el fútbol. Entiendo que ese deporte es uno de los espacios que han reemplazado históricamente a las viejas formas de contienda con el otro. En el fútbol conjuramos la violencia que surge en nuestro vínculo con el extraño y de algún modo esa conjura es positiva, porque al no ser más que un juego no implica cuestión de vida y muerte. Y cuando lo implica es cuando se rompen las reglas de juego, ya no se trata de fútbol sino de guerra, como en el caso de las barras bravas. El fútbol no deja de durar 90 minutos, se gana o se pierde y la vida sigue. Es beneficioso conjurar la violencia de ese modo. Es espectáculo, consumo, entiendo la pasión pero no creo que tenga que ver con la patria en el sentido de construcción con el otro y participación activa y comprometida. Es algo más liviano, de la sociedad de consumo hipertecnológica y mediática. Es un hermoso producto de la globalización que tiene dos caras: un aspecto negativo y la seducción de las cosas que se venden”.

El debate está planteado. Ahora sí, vamos todos juntos a ganar.

Felipe Pigna
Historiador

“El fútbol unifica pasiones, las diferencias políticas quedan de lado porque “juega todo el país”. En España hay una fuerte identificación con la selección, pero no todos creen que el fútbol unifica y buscan romper el molde, porque creen que es una ilusión. Acá se vive como un momento de identidad argentina, pero no creo que se pueda extender. A la dictadura cívico militar le funcionaron muy bien el Mundial mayor y el juvenil en Japón; es doloroso pero sería absurdo no admitir la efectividad. Fuera de esa circunstancia, nunca funcionó del todo”.

Sergio Levinsky
Sociólogo

“El fútbol no deja de ser una guerra sublimada, y los mundiales, escenarios de confrontaciones que se asemejan mucho a las guerras mundiales. La gente habla de esos equipos en primera persona del plural y se crea una sinergia parecida a la de una guerra: los jugadores son despedidos en los aeropuertos como si fueran a una guerra y son recibidos como héroes al volver. El fútbol tiene características muy especiales y ocupa un lugar central en la cultura de algunos países. Con su penetración representa el escape perfecto para lo que afecta día a día”.

Adrián Paenza
Periodista

“No defendemos la identidad argentina, no creo que dos personas con posiciones absolutamente encontradas vayan a ponerse de acuerdo a partir del fútbol aunque la Argentina juegue la final. No hay ningún ejemplo con el que podamos comparar. Si en algún otro acontecimiento fuéramos divididos, diría ¡qué curioso! Pero no lo hay. Las Leonas no mueven el amperímetro, pero el futbol paraliza el país. No me parece que se pueda sacar una conclusión de esta circunstancia. Es como sacar un número cualquiera, el 14, y concluir que todos los números son pares”.

Darío Sztajnszraiber
Filósofo

“Hoy el fútbol sirve como una especie de lugar artificial donde nos encerramos con los propios para pelearnos con los otros. Lo que nos enfrenta a Brasil o Irán se reproduce en chico cuando Boca se enfrenta a River. No me parece diferente el fanatismo de la selección al del equipo. Encerramiento en lo propio, una de las facetas de lo humano, orgullo de ser parte y la apertura con el otro. El fútbol pone eso en tensión, necesita de enemigos, acrecienta ser parte de un mismo proyecto dejando de lado conflictos cotidianos, pero se producen otro tipo de cortes”.
Las ideas de Sabella

Trabajador incansable. Meticuloso, detallista, inconformista, familiero e introvertido. Estas son algunas de las características más sobresalientes del director técnico argentino, Alejandro Sabella. Con un exitoso pasado como futbolista en Estudiantes de La Plata, “Pachorra” enfrenta en la Copa del Mundo Brasil 2014 el gran desafío de su carrera. Admirador de Marcelo Bielsa, este porteño nacido en Palermo en 1954 conserva en su esencia más íntima un valor que lo distingue de la mayoría de sus pares futboleros: el trabajo y la humildad. “Salgo poco. Cuando lo hago, veo el fervor del argentino pasional que se ve campeón. Yo nací escuchando que éramos los mejores del mundo cuando todavía no habíamos ganado nada. Es algo normal, es nuestra manera de ser. A veces nos creemos más de lo que somos y la realidad nos hace tocar el suelo. Los triunfalismos son malos, hay que trabajar con humildad”, suele repetir cada vez que puede. Distinguido por los futbolistas –quienes destacan su equilibrio y mesura tanto para planificar partidos como para trabajar y moldear un equipo–, una premisa de Mahatma Gandhi forma parte de sus mandamientos principales: “El día que perdamos la humildad, habremos puesto el primer ladrillo para construir el edificio de nuestro fracaso”.





Fuente: Revista Veintitres
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