Politica
Lecciones de menemismo para apurar una reforma y no fallar en el intento
La reforma judicial empezó un año antes de que se presentara y mucho antes de que el Congreso volviera a ser el autoservicio en el que el Poder Ejecutivo se provee a domicilio.
Lunes, 22 de abril de 2013
              
Todo parece indicar que los orígenes remiten a una leyenda que corre en el mundo político desde hace años. El mito dice que algunos dirigentes que sucedieron a Carlos Menem aprendieron de lo que él no hizo. Lecciones fundamentales para retener poder real cuando ya no tuvieran poder formal.La primera clase del manual menemista indica que para la hora de bajar al llano hay que procurarse un buen respaldo económico, sobre todo, disponible. Para eso, es estratégico atreverse a pagar el costo político de blanquear bienes durante el apogeo, aunque sea una fortuna de tamaño y origen difíciles de explicar.

La segunda lección es que la obediencia disfrazada de lealtad sólo se mantiene mientras dura la capacidad de castigar. Cuando ya no se puede mandar y sólo queda pedir favores, no hay jueces, fiscales ni policías dispuestos a ponerse en riesgo por un pasado que pagarían por olvidar. Por eso, hay que asegurarse una organización que venza al tiempo, como diría Perón.

El epílogo de ese manual recuerda que Alfredo Yabrán sentenció que “poder es tener impunidad”, en una entrevista que fue el principio de su fin, pero sentó jurisprudencia. El famoso cartero de Menem demostró en ese acto y en el que puso fin a su vida cuánto conocía la Argentina real.

Yabrán terminó pegándose un tiro en la más absoluta soledad cuando la policía iba a detenerlo. Símbolo concluyente de que ya había perdido todo el poder que lo hizo intocable durante más de 20 años. Antes ningún juez ni fiscal lo había molestado, mientras dictadores y demócratas le permitían engordar su poder y sus cuentas bancarias.

Algunos años después, Menem ejemplificó en persona lo que su manual y Yabrán anticipaban. Cuando ya había perdido una presidencia que creía infinita fue preso y, aunque luego recuperó la libertad y hasta una banca de senador, este año terminó condenado por delitos cometidos dos décadas atrás.

Hace casi un año, la Justicia ordenó un allanamiento que complicaba al vicepresidente de la República en el mismo edificio donde hace una semana se supo que funcionaba una lavandería financiera del poder, según documentos y un par de arrepentidos que luego se arrepintieron de haberse arrepentido.

Tras aquel allanamiento de abril de 2012, el fiscal y el juez del caso fueron apartados y perseguidos. Unos días después renunció Esteban Righi, jefe de los fiscales, tras padecer una campaña de difamación lanzada por Amado Boudou con el aval implícito de la Presidenta.

La sucesora de Righi públicamente ha dicho que la corrupción de los funcionarios no es una prioridad de su gestión. Esta semana fiscales y jueces gambetearon todo lo que pudieron el caso Lázaro Báez para evitar la adopción de cualquier medida que pudiera incomodar al poder.

La verdadera reforma judicial había empezado hace un año. Hasta quienes persiguen la eternidad miran de reojo el calendario. Saben que si no se toman los recaudos a tiempo siempre los amenazará una fecha de vencimiento y una intemperie inhóspita.
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