Sociedad
El día que Francia lanzó dos cohetes al espacio desde el Chaco para observar un eclipse solar total
El 12 de Noviembre de 1966, en la base "Lapacho", la fuerza aérea de Francia, realizó el lanzamiento de los cohetes "Titus" (Alfa y Bravo) para una misión científica programada para el estudio del eclipse de sol que se producía en esta parte del continente americano.
Jueves, 12 de noviembre de 2020
              
La provincia tenía apenas quince años, la conquista del espacio recién llevaba nueve, y todavía faltaban tres años para que la Apollo XI llegara a la Luna. “Fue entre Margarita Belén y Las Palmas, en un paraje que se llama Lapachito. Era un día nublado y hacía calor, como hoy”, contó el ingeniero Remigio Colcombet.

En aquella época era el adolescente hijo del cónsul honorario de Francia en el Chaco, y su manejo del idioma le permitió ser el intérprete preferido de los técnicos de la francesa Operación Eclipse durante los meses que llevó la preparación de la minibase de lanzamiento exclusiva para la misión.


Francia había hecho un intensivo desarrollo de misiles en la década de 1960, al punto de ser la número 3 del mundo en esta área después de la Unión Soviética y EEUU. En noviembre de 1965 puso en órbita su satélite Astérix, con su propio cohete Diamant, desde su propio sitio de lanzamiento en Argelia.

Argentina, por su parte, era el único país de América del Sur con una agencia de investigación espacial (Comisión Nacional de Investigaciones Espaciales, CNIE, fundada en 1960). Ya había investigado la alta atmósfera con cohetes Centauro (Alfa, Beta y Gamma) lanzados desde el Centro de Experimentación y Lanzamiento de Proyectiles Autopropulsados (CELPA) de El Chamical en La Rioja.

Estos desarrollos y un eclipse de sol cuya franja de penumbra más espesa atravesaba la mitad de nuestro territorio trajeron a los franceses al Chaco.

Desde 1964 planificaron y durante varios meses de 1966 prepararon el lanzamiento de dos cohetes Titus que cerca del mediodía del 12 de noviembre debían remontarse a casi 300 km de altura. En la profunda y breve noche en que la Luna cubriría completamente al Sol, los instrumentos en la cabeza del misil debían fotografiar la cromosfera y medir la intensidad de los rayos ultravioleta que se disparan en el filo de la corona solar.

A Lapachito

El aeropuerto de Resistencia estaba en construcción en 1966, pero dos cargueros Caravelle franceses, cada uno con 300 toneladas de equipos, pudieron aterrizar porque la pista ya estaba operativa. Un Avro de Aerolíneas Argentinas trajo en un par de viajes a los 70 profesionales franceses.

En el sitio de lanzamiento trabajaron más de 200 personas, contando a los técnicos galos, custodiados por la fuerza aérea, la gendarmería y la policía militar. Construyeron la plataforma de lanzamiento con su dispositivo para evacuar los gases de la deflagración, y detrás de un terraplén de defensa colocaron los talleres, los hangares y la unidad de energía.

Los cohetes

Los dos Titus llevarían carga redundante para asegurar el éxito de la misión. Una primera etapa propulsora y una segunda con el cuerpo de reentrada y los instrumentos científicos: un espectrómetro, dos cámaras y un fotómetro. La telemetría transmitiría por radio todos los datos a la estación terrestre, excepto las imágenes. Para garantizar que las películas volvieran a Tierra intactas, parte de la sonda se lanzaba en paracaídas, con un dispositivo adaptado de la estadounidense Space General Corp.

Al infinito

El 12 a la mañana algunos miles de espectadores viajaron al Paraje Lapachito para presenciar el eclipse y los lanzamientos. Hubo invitados distinguidos, como el embajador de Francia, Christian de Margerie; el presidente del Conicet, Bernardo Houssay; y el director del CNES francés, Robert Aubinière, todos detrás de un área despejada de un kilómetro a la redonda de las rampas. Colcombet recuerda a unos inesperados turistas japoneses que cámara en mano fotografiaban todo lo que tenía forma de tecnología de punta.

A las 10.40 se hizo de noche, el frío entró en el bosque chaqueño y los pájaros callaron. Con ese preludio despegó el Titus Alpha, y 30 segundos después el Titus Bravo, que siguieron trayectorias idénticas. “Los cohetes hicieron un estruendo tremendo que se escuchó en Resistencia y Barranqueras, algo nunca visto”, describió Colcombet.

La primera etapa se quemó por 20 segundos, seguida de un vuelo de 8 segundos sin motor, y una segunda etapa de otros 20 segundos y el desprendimiento del carenado. Entonces cada cohete enfiló hacia el Sol sin desviarse nunca de la sombra de la Luna con una precisión de un cuarto de grado.

Sobre América del Sur se movía una franja oscura de unos 90 km de ancho que recorría 700 metros por segundo (2.520 km/h). Tuvieron escasos minutos para medir y fotografiar la flama desde la penumbra antes de volver a caer. El sistema de recuperación disparó los paracaídas con las cámaras desde unos 100 km de altura.

La búsqueda

Los sistemas de recuperación no emitieron las señales de radio previstas, por lo que encontrar las cápsulas con las películas fue difícil. El casco de reentrada del misil Bravo terminaron en un bosque en Pirané, dentro de un cráter de más de un metro porque los paracaídas no se habían desplegado. El del cohete Alpha no se había estrellado tan violentamente, pero el sistema tampoco había funcionado bien, y el material fue rescatado un mes más tarde de una laguna en territorio paraguayo.

Estos desenlaces con problemas técnicos y extravío momentáneo de sondas disminuyeron la cosecha científica, aunque varios papers y tesis doctorales igual se beneficiaron de la aventura.

Otros lanzamientos desde la Argentina

En ocasión de aquel mismo eclipse de 1966, el CNIE se asoció también con la NASA, que proveyó diez cohetes Arcas, mucho más pequeños que el Titus, para realizar estudios complementarios antes, durante y después del eclipse. Fueron lanzados desde Tartagal, Salta. Y el mismo 12 de noviembre, tres cohetes Orion-2 argentinos también partieron desde el mismo lugar.

La “base” del Lapachito fue desmantelada en tres semanas y pocos se acuerdan de las maravillas que allí sucedieron. Con el proyecto misilístico argentino tardaron un poco más, pero tampoco dejaron rastros.

El Fogón de los Arrieros, que por aquella época funcionaba como un museo del hecho curioso en tiempo real, guarda una maqueta del Titus de la Onera (acrónimo francés de la Oficina Nacional de Estudios e Investigaciones Aeroespaciales) y algunas fotografías.

Unos cuantos periodistas escribimos crónicas de vez en cuando, y uno que otro funcionario menciona la historia en algún aniversario con números redondos. Marcel y Yoni Czombos hicieron un documental protagonizado por el propio Colcombet, en el que intenta convencer a su nieto de que los cohetes no son objetos del cine y la tv, y que alguna vez estuvieron aquí, en el Chaco, durante la sombra de un eclipse. Pero no permanecieron. A la luz del sol, “se despertó el bien y el mal, la zorra pobre al portal, la zorra rica al rosal y el avaro a sus divisas”.

Fuente: Chaco Día por Día
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