Sociedad
Antiguos pobladores que aguardan ser testigos del progreso de San Cayetano
Nacieron, crecieron y ahora, una vez en la tercera edad, viven rodeados del mismo paisaje aunque ya sin los campos inundados de algodonales y de los más diversos cultivos. Habitantes que vieron erigirse el afamado Santuario y también emigrar a sus hijos. Pero dicen que aún esperan contemplar una comunidad con servicios básicos satisfechos.

Lunes, 23 de julio de 2012
Francisco Sosa, Vicente Benitez, Arnaldo Sau-cedo, Dorila Gauna y Virginia Olivares aprendieron a caminar en la tierra que ahora se conoce como San Cayetano y que -algunos dicen- antes se llamaba Lo-ma. Pasaron varias décadas de aquellos primeros pasos pero señalan que casi nada cambió, aún siguen sin hospital, sin comisaría y con deficiencias en prestaciones básicas. La modificación más importante que advierten es la extinción de las nu-merosas hectáreas cultivadas y la migración de los más jóvenes por falta de fuentes laborales.
Rodeados de afectos y en modestas casas donde la im-pronta campestre se mezcla con algunos objetivos modernos, reciben a El Litoral y cuentan aquellas anécdotas que no son otra cosa que pe-dazos de una historia que comenzó a escribirse hace muchos años y aún tiene va-rias deudas pendientes.
“Mis padres eran de San Cayetano, los dos fallecieron ya pero quedamos los gajos”, dice con una sonrisa Fran-cisco Sosa, que a los 88 años ostenta de una buena memoria y hasta de las fuerzas necesarias para seguir sembrando en el mismo lugar donde lo hacían sus 13 hermanos. La principal siembra en aquellas épocas era el algodón, cosechaban unas 14 toneladas anuales con las que pagaban la renta de las hectáreas que eran la fuente de su sustento diario. A eso, también agregaban batata, mandioca, maíz, maní, “todo era útil”, asegura.
Con el alimento provisto por la tierra creció en una familia numerosa hasta que a los 27 años decidió formar una propia junto a María, con quien tiene siete retoños. Todos grandes ya, aclara Don Francisco con una gran sonrisa y señalando a uno de ellos que está de visita junto a su esposa.
Sus mirada parece llenarse de recuerdos, de los buenos y también de aquellos que prefiere olvidar: como aquella vez que enfermo y sin pensión, se vio obligado a vender la mayor parte de sus 11 hectáreas para costear los tratamientos. Pero aún de ese difícil momento, él logró conservar una parte de su tierra. Es que sin ella tampoco podría seguir viviendo y prueba de ello es que aún hoy, tiene programado qué y cuándo sembrará. “Estoy es-perando que llegue el 26 de julio para sembrar maíz”, cuenta Francisco, al mismo tiempo que precisa que “no se trata de sembrar por sembrar nomás”.
Acostumbrado ya desde su juventud a no trabajar en vano, sino para el bienestar de su familia por la que llegó a ser celador en la granja San Martín por casi una dé-cada, hasta que no le renovaron el contrato y tuvo que repartir su tiempo entre la chacra y un viejo oficio que había aprendido: la construcción.
Ambas actividades siempre estuvieron presentes y fueron importantes aportes, no sólo personales sino también comunitarios, como lo fue la edificación del templo que desde el 2007 se conoce como Santuario Arquidio-cesano.
Aquellos tiempos
Ante la pregunta ¿cómo era San Cayetano?, Don Francisco no duda en afirmar que “era todo agricultura”.
Para luego relatar que el dueño de todas las tierras en esa época era Pedro Alegre quien emigró y las alquiló a un alemán, “Pedro Manden-ver”, pronuncia e insiste “Mandenver”, para no dejar lugar a dudas de que recuerda el nombre a quien cada familia le rentaba una determinada cantidad de hectáreas para sembrar. Y le pagaban con lo que obtenían de la cosecha.
Después, vino otro administrador, Angel Gutierrez, cuyo aporte fue trascendental porque cedió la tierra que necesitaban para la construcción de la parroquia. Levantar sus paredes se hizo con cada una de las monedas que aportaban los pobladores y era una tarea que bajo la coordinación del sacerdote Isidro Blanco realizaban cada sábado, desde 1935 y por el transcurso de aproximadamente un año.
Además de Don Francisco y su padre, Jesús Sosa, trabajaron allí Fulgencio Morales, Ceferino Maidana, Raimun-do Cardozo, Pastor Olivares y Alejo Soto.
Después venció el contrato del administrador de los campos, Gutierrez y en su reemplazo llegó Francisco José Solitro, que resolvió uno de los dilemas que tenían en esa época en la comunidad: a qué Santo honraría el templo que construían.
“Primero el padre pensó que podría ser la Virgen del Perpetuo Socorro de la cual tenía un cuadro, pero Solitro trajo de Buenos Aires la imagen de San Cayetano y a to-dos les gustó porque era muy lindo, algo nunca visto en esta zona y finalmente se decidió que fuera él”, rememora Don Francisco, precisando que “primero era de barro y después recién se hizo de material, yo coloqué el mosaico y parecía a nadie importarle este lugar”. Has-ta que la fiesta en honor al Santo del Pan y el Trabajo comenzó a crecer y en la ac-tualidad recibe a miles de fe-ligreses.
Gracias a que, según relata Don Francisco, cuando Solistro tenía que irse de la localidad -el entonces Obis-po- le pidió que no se llevara el Santo tal como él pretendía. “Le dijo que una imagen de ese tamaño era para estar en una iglesia, no en una ca-sa”, recuerda.
Tras lo cual expresa para no olvidarse que también fue parte de ese crecimiento, “el padre Alcorta, quien logró que se ampliara el lugar”.
Camino y loteo
Entre sus recuerdos, Don Francisco también atesora otros momentos importantes para el poblado en el que aún habita. “Después de tanto luchar logramos conseguir el camino que ahora nos une con la ruta 12, eso fue en 1943”, manifiesta, ha-ciendo especial hincapié en que eso fue posible gracias a la familia Cabral que donó las tierras.
Y otro suceso trascendental fue el loteo de las tierras. Si bien admite que Pedro Alegre el propietario vino en tres oportunidades a San Ca-yetano para que aquellos que sembraban sus tierras hicieran los papeles correspondientes para convertirse en dueños, finalmente se produjo su deceso y ante la falta de herederos pasó a manos del Estado.
“Y?durante el gobierno de Julio Romero lotearon todo y quienes querían comprar debían pagar una cierta cantidad de cuotas.?
Y?fue un 7 de agosto que el entonces Gobernador entregó todos los papeles en la pa-rroquia. “La primera cuota era de 10 pesos”, detalla el hombre que a sus 88 años tiene un amigo inseparable, su perro Terry.
Ahora
Al describir el presente de San Cayetano, Don Francis-co considera que al igual que antes le siguen faltando mu-chas cosas. “No hay médicos, ni remedios, no mejoró casi nada”, afirma y agrega que “en un tiempo había policía pero tampoco eso hay aho-ra”.
Pero aclara que él no sabe quien podrá hacer progresar al poblado que se erige a pocos kilómetros de la Ca-pital correntina y para la cual emite su sufragio en cada turno electoral.
Es que admite que no confía en los políticos. “Mienten y cuándo más los necesitás no te conocen”, asevera.
Aclarando que ni en tiempos de campaña los ve, siempre mandan a sus secretarios, a esos que después no tendrán la autoridad de darnos ninguna solución, finaliza diciendo con un tono casi de resignación.
Casi un siglo de memoria
Virginia Olivares a sus 93 años, perdió un poco la audición pero no así la memoria. Pregunta por los que están en su San?Cayetano natal y los que emigraron en búsqueda de nuevos horizontes. Con una sonrisa permanente en su rostro, rememora las viejas épocas en las que -al igual que Francisco y tantos otros- sembraba en su terruño.
Fuente. El Litoral